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lunes, diciembre 31, 2007

Un barril de pólvora


Las remotas posibilidades de estabilizar y democratizar Pakistán se evaporaron el 27 de diciembre, con el asesinato de la ex primera ministra Benazir Bhutto. Deberá transcurrir mucho tiempo hasta que las circunstancias propicien un escenario mínimamente prometedor, en el que los fundamentalistas sean reducidos, tanto en las áreas tribales del Noroeste, Baluchistán y Cachemira, como en el oscuro aparato de poder que se encierra en el Ejército y los servicios de inteligencia. Mientras, las semanas próximas se presentan decisivas en la carrera hacia la anarquía que despedaza al país.

La muerte de Bhutto es el tiro de gracia para una incipiente transición que arrancaba tambaleante y el broche sangriento a un año de riesgo creciente, marcado por el asalto a la Mezquita Roja y el estado de excepción decretado por Musharraf en noviembre. Quizá la presencia de Bhutto al frente del nuevo gobierno no hubiera sido suficiente para atajar las amenazas que se precipitan sobre una de las regiones más peligrosas del mundo. Sus experiencias anteriores (1988-1990 y 1993-1996) no rompieron la tónica de un Pakistán corrupto que cebaba al integrismo.

Además, los actores implicados en los destinos del país son muchos y poderosos. Desde las tribus de las zonas que lindan con Afganistán y los elementos destacados de la red Al Qaeda, hasta las facciones más conservadoras e integristas del Ejército paquistaní. Todos ellos están muy interesados en desequilibrar o controlar el Gobierno de uno de los principales aliados de EE.UU., provisto de armamento nuclear. La historia reciente del país de los puros, como plataforma de entrenamiento y reclutamiento de mujahidin -primero contra la invasión soviética de Afganistán y más tarde contra la norteamericana- lo han convertido en el principal campo de batalla para acabar con la ideología asesina de Bin Laden y Al Zawahiri.

La situación actual hace pensar que los principales beneficiados son aquellos que trabajan por el caos. Aquellos a quienes interesa un Estado anárquico que ponga en alerta a la región y permita campar a sus anchas a los señores de la guerra y a los grupos terroristas, lo que supondría un enorme revés para la estrategia de seguridad de Estados Unidos, esté o no Bush en la Casa Blanca. Al margen de esta obviedad, el aplazamiento de las elecciones y su fecha definitiva decidirán si el general Pervez Musharraf y el Ejército consiguen sacar un rédito político del atentado. El estado de descontrol que ha arrasado las calles tras el asesinato puede ser empleado como argumento para limitar aún más las libertades e iniciar un nuevo estado de excepción. Sin embargo las calles, en pie de guerra desde la rebelión de los abogados, no se lo pondrán nada fácil. Los altercados de los últimos días han dejado cerca de medio centenar de muertos y los militares no saben como enfrentarse al futuro. El periodista David Rhode, de The New York Times, describió muy gráficamente la situación del general: "Pervez Musharraf, sentado más que nunca sobre un barril de pólvora". Siguiendo la metáfora, es como si, con el asesinato de Bhutto, el dictador se hubiese encendido un enorme puro.

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Christopher Hitchens: Una Hija del Destino.

domingo, noviembre 25, 2007

Democracias


Venezuela y Rusia darán, el próximo 2 de diciembre, un paso fundamental en el asentamiento de sus respectivos regímenes autoritarios. Ambos países, que pelean por su hegemonía -regional o mundial-, están marcados por trayectorias políticas muy similares. Sus gobiernos provienen de períodos de colapso democrático, agitados por la corrupción y el descrédito popular. Tienen importantes recursos energéticos que emplean para comprar voluntades, chantajear a sus vecinos y expandir su influencia. Han extendido su control a la mayoría de medios de comunicación de sus territorios, han perseguido a los periodistas molestos y han silenciado a sus detractores. Además, los perfiles autoritarios de sus dirigentes han devuelto el orgullo nacional a sus ciudadanos, un efecto característico de los sistemas totalitarios.

En el caso de Rusia este fenómeno se ha producido tras el ascenso al poder de las élites del antiguo KGB, que ha engendrado una democracia a la soviética. El poder de los siloviki ha desguazado la estructura económica construida por los oligarcas en la década de los 90 y se ha parapetado tras un discurso anti-occidental, que parece sacado de los tiempos de la Guerra Fría. En Venezuela, Hugo Chávez ha impuesto su ideología bolivariana, una especie de castrismo adaptado al siglo XXI mediante telegenia y un disfraz pseudodemocrático. En ambos casos se ponen en evidencia las debilidades de la democracia y sus numerosas limitaciones y paradojas. Por un lado, la sorprendente impunidad de los poderosos para pervertir silenciosamente las instituciones consigue sortear la acción de los organismos internacionales, con escasa capacidad de influencia. Por otra parte sugiere que no todos los escenarios, ni todas las sociedades son proclives a la democracia. En tiempos de zozobra y en lugares sin una trayectoria histórica determinada, aspirar a un sistema de libertades es poco menos que una utopía y tratar de imponerlo por la fuerza es demasiado arrogante.

El 2 de diciembre los ciudadanos de Venezuela y Rusia emitirán su voluntad en las urnas. El resultado es predecible y apuntalará sendos gobiernos, les dará más poderes y la garantía de continuar proyectos de largo recorrido, casi vitales. Es la voluntad popular, pero ¿ha sido ésta manipulada, condicionada por un discurso único que apaga la voz de quienes difieren? Son las paradojas del autoritarismo demócrata.

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Foreign Affairs: The Myth of the Authoritarian Model

domingo, noviembre 11, 2007

Ladrones del futuro


Las críticas a España y a la actividad de sus empresas han ensuciado la fase final de la 17ª Cumbre Iberoamericana, celebrada en Chile. Las nuevas alianzas de poder en la zona han enseñado sus dientes a la "Madre Patria", bajo la batuta del caudillo Hugo Chávez. Líderes nefastos y dirigentes con currículo golpista y antidemocrático han arremetido contra la inversión española, encubriendo con victimismo sus ansias por acaparar poder, nacionalizar sectores estratégicos y dar oxígeno a sus discursos populistas.

La nueva realidad iberoamericana se ha estrellado en la cara de los representantes españoles. Si bien el resquemor hacia la actividad de compañías como Telefónica, BBVA, Banco Santander, Repsol o Unión Fenosa en la zona es antiguo, y puede estar más o menos justificado, nunca antes se había construido una respuesta orquestada, en un reproche múltiple desde los diferentes focos que forman el nuevo populismo. Bajo el patrocinio de los petrodólares venezolanos, líderes como Correa, Ortega o Morales han radicalizado su mensaje contra la ex metrópoli, a veces como expresión de un inquietante y nuevo indigenismo y otras como coartada para acelerar distintas nacionalizaciones. Junto a ellos, el dictador Fidel Castro y sus validos se han convertido en los sumos sacerdotes de esta nueva ola, un lugar que el propio Hugo Chávez les ha reservado.

La reunión de Santiago de Chile ha constatado, de un modo sólido, cuál es la situación actual y qué frentes se disputan la hegemonía regional. El que parece mejor engrasado es el populismo mesiánico y autoritario que apela a los instintos primarios, que utiliza los recursos naturales como herramienta de poder y no como fuente prosperidad. Hugo Chávez es sin duda el mejor ejemplo y el ideólogo de esta alianza. Disfrazado de demócrata, ha conseguido degradar aún más un Estado corrupto para confeccionarlo a su medida. Sin embargo, la democracia no se limita a un sistema de votaciones que se repite cada cuatro o cinco años, sino que está compuesta por multitud de agentes y elementos que deben funcionar con transparencia e imparcialidad. No todo líder salido de las urnas ha de ser un demócrata, y eso es algo que la nueva estirpe de mandatarios populistas han sabido aprovechar para corromper las instituciones sobre las que se asienta un régimen de libertades.

El papel de España, respecto a las tierras hermanas del otro lado del Atlántico, ha de desarrollarse en favor de la construcción de sociedades modernas y democráticas, fomentando relaciones de igual a igual que beneficien a ambas partes. La promoción de la libertad debe marcar la agenda en la región y es el único antídoto para desgastar a quienes están robando el futuro a sus pueblos.

viernes, noviembre 09, 2007

Creencias y política


“Estoy guiado por una misión de Dios. Dios me dijo, `George, ve y lucha contra esos terroristas en Afganistán´. Y yo lo hice, y luego Dios me dijo `George, ve y acaba con la tiranía en Irak´. Y yo lo hice. Y ahora, de nuevo, siento las palabras de Dios viniendo a mí, `Ayuda a los palestinos a conseguir su estado y a los israelíes a conseguir su seguridad, y lleva la paz a Oriente Medio´. Y por Dios que lo haré”.

Estas palabras, atribuidas al presidente de EE.UU. George Bush durante una conversación con varios ministros palestinos, revelan hasta qué punto las creencias irracionales han determinado en los últimos años la política exterior, un terreno particularmente pragmático, de la potencia más poderosa del planeta. La responsabilidad no es sólo de Bush o del Partido Republicano, sino que existe una tendencia que también se manifiesta en sus adversarios. El factor religioso es ya un requisito imprescindible para llegar a la Casa Blanca, y así lo han potenciado candidatos como Hillary Clinton o John Kerry.

El semanario británico The Economist abordó en noviembre la creciente influencia de la religión en el escenario internacional, una situación de la que, por el momento, Europa parece mantenerse al margen. Aunque el origen de este renacimiento religioso podría encontarse en los años 70, ha sido en los primeros compases del siglo XXI cuando los credos han pasado a un primer plano, un fenómeno azuzado por un sinfín de circunstancias sociales y económicas que han añadido nuevas coordenadas a la relación de fuerzas en el mundo. ¿Es éste el resultado del derrumbe de las ideologías?

Quizá esta cuestión tenga mucho que ver en el auge actual de las creencias religiosas, que se extienden con aliento renovado. En los siglos XIX y XX las ideologías -religiones laicas- ocuparon el lugar que los códigos espirituales disfrutaban hasta entonces, aunque en muchos casos sobrevivieron y se combinaron con los nuevos modos de pensamiento. Más tarde, el fracaso estrepitoso de los discursos más radicales, que no consiguieron transformar la sociedad ni alumbrar al Hombre Nuevo, sumieron en la decepción y en la anomia a muchos individuos. Ni siquiera el libre mercado, con sus defectos y virtudes, ha podido ocupar el vacío ni desarrollar su proyecto de un modo absoluto, restringiendo su influencia a un área concreta y obstaculizando la incorporación del mundo en desarrollo.

Las religiones no son filosofías nocivas. Al contrario, contienen un mensaje profundo que anima a fortalecer la convivencia entre los pueblos y la solidaridad y que llena de esperanza a una gran mayoría de individuos. Sin embargo, la Historia nos ha demostrado que su simbiosis con la política y el poder ha desembocado demasiadas veces en derramamiento de sangre. La introducción de las creencias religiosas en la agenda de los mandatarios políticos no contribuye al entendimiento entre las naciones, ya que su carácter dogmático e irracional hace pensar en un enquistamiento de las posturas más radicales y en una degradación de los valores básicos de convivencia democrática. Las sociedades modernas han de proteger la pluralidad religiosa y la libertad individual para cultivar la fe, pero no deben adentrarse en el terreno de la superstición.

viernes, septiembre 28, 2007

Política de instintos primarios


No parece razonable que mientras desaparecen las fronteras, se entremezclan las culturas y se construyen grandes bloques políticos y económicos, algunos territorios, en ocasiones minúsculos, rescaten la exaltación de la raza y sublimen sus peculiaridades culturales -en muchos casos compartidas por los pueblos limítrofes-. El nacionalismo es a la vez un fenómeno antiguo y moderno. El siglo XIX fue testigo de las unificaciones de Alemania e Italia, precipitadas por el empuje de un nacionalismo integrador, mientras que la segunda mitad del siglo XX y el comienzo del XXI contemplan un nacionalismo posmoderno de carácter excluyente, que guarda inquietantes parecidos con el totalitarismo racista del nazismo.

En la época actual, marcada por la ausencia de valores fijos y la muerte de los metarrelatos, muchos individuos anhelan un código nuevo de valores al que asirse. En tiempos pasados la ideología y la religión ofrecían un discurso completo para la vida, un sistema de pensamiento acabado que daba respuesta a todas las preguntas. El siglo XX, con los genocidios nazi y soviético, despertó las conciencias occidentales y procuró un nuevo discurso fundamentado en el capitalismo, un sistema eficiente para organizar las relaciones económicas pero que no sirve como cemento de la sociedad.

Curiosamente la religión no sólo no se ha derrumbado sino que en la actualidad influye poderosamente en la agenda política mundial. Gran parte de la política de la Casa Blanca está influenciada por la derecha evangélica estadounidense, mientras que el mundo musulmán vive desde hace unas décadas un violento período de agitación, fruto del renacimiento de las doctrinas más intolerantes y extremistas. El éxito de la religión surge de la misma raíz que el nacionalismo: el desprecio a la razón y el único requisito de la fe, bien sea en la supremacía de la raza, en el mandato divino o en la muerte del infiel.

Las últimas tendencias políticas han descubierto que en la simpleza está la fórmula del triunfo. Cuanto más nos acerquemos a los instintos humanos más cerca estaremos de obtener carta blanca para acaparar el poder. Sin embargo el nacionalismo sólo puede tener éxito, al menos en el caso español, cuando está condenado a vivir en crisis continua con su enemigo imaginario. Los propios nacionalistas saben que la fuerza de su proyecto reside en que es un programa de tránsito, nunca orientado a una meta. De ser así, de alcanzar la independencia del territorio o la autonomía plena, el sistema se vendría abajo. Ya no se discutiría la autoafirmación de la cultura y la identidad, sino que se inciarían guerras internas por el poder y el sistema de gobierno. En el mejor de los casos la situación derivaría en una inmensa decepción, con la desventaja de enfrentarse al mundo desde una posición más débil que la anterior. En el peor de los escenarios, la imposición del sector más sectario y violento, el nuevo estado se convertiría en una dictadura. Es, por tanto, una ideología que solo sobrevive con garantías durante la confrontación, una ideología de odio irracional. El caldo de cultivo propicio para la alienación que a muchos individuos les hace sentirse seguros.

Hoy en día cualquier sistema democrático occidental garantiza el derecho de una comunidad a mantener viva su herencia cultural. Ocurre en Escocia, Córcega, Bretaña, las regiones del norte de Italia y, de manera especial, en Cataluña, el País Vasco o Galicia, que disfrutan de un régimen autonómico muy superior a las demás zonas citadas. El único límite al que se enfrentan los políticos nacionalistas de estos territorios es la unidad económica, social y política del país al que rechazan. Nada que ver con los movimientos nacionalistas del mundo en desarrollo, donde deben enfrentarse al desaguisado de la descolonización y donde las luchas étnicas están muy determinadas por la pobreza y el hambre. No es el caso de Europa.

jueves, septiembre 27, 2007

La rebelión de los monjes

Las marchas pacíficas de los monjes budistas birmanos y la violenta represión del régimen militar, uno de los más crueles y longevos del planeta, acapara el foco de la información. Se trata de una oportunidad para la democracia y de una explosión de libertad espontánea que se ha visto reforzada por las nuevas tecnologías de la comunicación. Combinados, internet y los teléfonos móviles pueden ser un potente instrumento para derrocar tiranías.

Desde Occidente asistimos a esta semana de esperanza en Birmania y nos acercamos a un país lejano, rico en gas y petróleo, en el que sus ciudadanos padecen una dictadura apadrinada por China y consentida por el resto del mundo. La superpotencia asiática y Rusia han conseguido obstruir las posibles sanciones de la ONU, una organización que vuelve a quedar en entredicho tras ser bloqueda por dos regímenes autoritarios, más o menos camuflados.



Enlace:
Campaigning For Human Rights and Democracy in Burma

lunes, septiembre 03, 2007

El ocaso del Imperio de la mentira


La escenografía bushiana está tocada de muerte. Muy pocos creen ya en su interpretación alucinada de la realidad y todo lo que le rodea se desmorona por momentos. Aún queda más de un año de su segundo mandato, y sin embargo muchos de los que cimentaban su gobierno han salido corriendo antes de comenzar el curso político. El primer cadáver político fue Colin Powell, máximo representante del softpower en una Administración ultraconservadora. En 2006 le seguiría Andrew Card, asesor del presidente para Irak, y meses más tarde caería Donald Rumsfeld, uno de los guías espirituales de los neocon americanos e inspirador de su política exterior ofensiva, quien abandonó tras la victoria del Partido Demócrata en las elecciones al Congreso.

El último en dejar en la estacada a George W. Bush fue su amigo y "abogado" Alberto Gonzales, el fiscal general. El hispano que más lejos ha llegado en la Administración estadounidense no pudo soportar su propia imagen pública, salpicada por escándalos como la purga ideológica en las fiscalía de EE.UU. o la máscara de legalidad diseñada para encubrir Guantánamo y las escuchas ilegales a sus conciudadanos. Entre Rumsfeld y Gonzales otros muchos han abandonado la nave: Karl Rove, asesor especial del presidente; Paul Wolfowitz, ex presidente del Banco Mundial; y John Bolton, ex embajador ante la ONU. Y detrás de cada dimisión, Irak. La ocupación y la catastrófica estrategia de posguerra constituyen el eje sobre el que gira la política de Bush desde 2003.

La retórica simplificadora y la mentira al servicio de un ideal superior -según la ideología neocon- le sirvieron en un principio, pero los ataúdes de soldados se amontonan y los atentados siguen siendo devastadores. Pocos hacen caso ya a la jerga del presidente. En su última visita sorpresa a Irak, ha dicho que las tropas empezarán a volver a casa si los "éxitos" continúan. Evidentemente no existen tales éxitos. La guerra ha sido el gran fracaso de sus gobiernos, el punto más caliente de la agenda internacional que se enquistará por muchos años. Bush lo sabe pero nunca lo reconocerá y por eso seguirá disfrazando su agonía con nuevos engaños. Sabe también que en poco más de un año de acoso demócrata, podrá irse a descansar a su rancho de Texas.